Periodista, padre de familia, católico, justo entre las naciones y a partir de este viernes será beato, titulo reservado para unos pocos dadas las virtudes heroicas que le ha reconocido la Iglesia Católica.
Se trata de Odoardo Focherini, italiano de 37 años y padre de siete hijos. Durante la II Guerra Mundial salvó a 100 judíos y fue encarcelado tras ser delatado. Fue enviado a un campo de concentración en el que murió el 27 de diciembre de 1944. Este sábado será beatificado en la ciudad italiana de Carpi.
Uno de los nietos de Focherini recuerda ahora que "uno de los judíos a los que salvó dijo que ‘somos milagros de Odoardo Focherini’ y siempre lo consideraron su salvador y ángel. Su prójimo fue su familia y los judíos".
A los 27 años era ya presidente de la Acción Católica Italiana. En 1930 se casó con Maria Marchesi, con la que tuvo siete hijos y en 1939 era director del diario italiano L´Avvenire d´Italia.
Creó una red clandestina para salvar judíos
Con el endurecimiento de las leyes antijudías y las deportaciones, este periodista católico, junto con el sacerdote Dante Sala, organizó una red clandestina que consiguió trasladar a un centenar de judíos hasta Suiza sin el conocimiento de las autoridades nazis.
Sin embargo, pese a la cautela de sus actuaciones los nazis recibieron información sobre su labor por lo que, en primer lugar, fue detenido el sacerdote, más tarde puesto en libertad.
Mientras tanto, Focherini seguía con su labor caritativa. El 11 de marzo de 1944 fue arrestado en un hospital mientras ayudaba a un paciente judío. Primero fue interrogado ante las SS en Bolonia y más tarde trasladado a una prisión.
"No te expongas, piensa en tus hijos"
Durante una visita a prisión de su cuñado, éste le dijo: "Ten cuidado, quizá te estás exponiendo demasiado, ¿no piensas en tus hijos?". Sin embargo, la respuesta de Odoardo fue la siguiente: "Si tú hubieras visto lo que he visto yo en esta cárcel, todo lo que hacen padecer a los judíos, lo único que lamentarías es no haber hecho lo suficiente por ellos, y no haberlos salvado en mayor número".
De la cárcel de San Giovanni in Monte fue trasladado al campo de concentración de Gries, más tarde al de Flossenburg y de ahí al campo de trabajo de Hersbruck. Allí sufrió hasta la extenuación con maratonianas y durísimas jornadas de trabajo. En una de ellas sufrió una herida en una pierna y ante la falta de atención sanitaria contrajo una septicemia y murió el 27 de diciembre de 1944.
Antes de morir pudo escribir dos cartas a su familia. "A mis siete hijos... quisiera verlos antes de morir... sin embargo acepta, Señor, también este sacrificio y custódialos tú, junto a mi mujer, a mis padres, y a todos mis seres queridos", decía en una de ellas.
Además, escribía: "Declaro morir en la más pura fe católica, apostólica, romana y en plena sumisión a la voluntad de Dios, ofreciendo mi vida en holocausto por mi diócesis, por la Acción Católica, por el Papa y por el retorno de la paz al mundo. Os ruego decir a mi mujer que la he sido siempre fiel, he pensado siempre en ella, y la he amado siempre intensamente".
Justo entre las naciones y ahora beato
El estado de Israel ha reconocido a Odoardo Focherini como "justo entre las naciones", un reconocimiento por su lucha y entrega hasta la muerte por ayudar a los judíos durante la brutal persecución nazi.
La causa de beatificación de este periodista y padre de familia numerosa comenzó en 1996. Este viernes se culminará con una multitudinaria celebración. A partir de entonces la Iglesia lo reconocerá como beato.
El obispo de Carpi, monseñor Francesco Cavina, ha asegurado que en la vida del futuro beato "no hubo separación entre su vida espiritual y su vida familiar. Es un hombre completo porque el trabajo, la familia y el apostolado en la Iglesia han sido su camino para la beatificación". "Él se dejó transformar por Jesucristo hasta que, como Él, murió", sentenció.
"Suprimir un activista católico"
Por su parte, el postulador de la causa, el franciscano Giovangiuseppe Califano, dijo que este periodista murió por "odio a la fe. Las pruebas de eso es que él reveló en sus escritos que siempre hubo un tono anticatólico en su primer interrogatorio. La intención era suprimir a un activista católico".
Además, agregó que Focherini "nunca pronunció una sola palabra de odio contra sus perseguidores". "Podemos decir que merece no sólo la corona de la fe, sino también la de la caridad".
La humanidad le debe mucho, y la Iglesia no menos», escribió el padre Bernard Lambert en «L’Osservatore Romano» del 23 de junio de 1981, recordando la muerte de una mujer de cualidades excepcionales, Barbara Ward.
Su formación no fue usual: nacida en 1914 en una ciudad del Yorkshire, hija de un abogado cuáquero y de una señora profundamente católica, Barbara Ward frecuentó primero, en Inglaterra, una escuela de religiosas, y después, en París, el Lycée Molière, la Sorbona y, por último, otro instituto universitario en Alemania, en Jugenheim, y se graduó en Oxford en 1935 con matrícula de honor en Master Greats, es decir, en filosofía, economía y política. Sin duda, tuvo oportunidades no comunes, secundadas por una mente particularmente brillante y una oratoria vivaz, unida a una memoria prodigiosa, que hizo de ella una admirada conferenciante. Era muy dotada para las lenguas, pero también para la música, tanto que en un momento determinado de su juventud acarició incluso la idea de llegar a ser cantante de ópera. Dotes que iban acompañadas –escribe también Lambert– por «una humanidad infinita, modestia y una sonrisa maravillosa».
Tenemos una primera demostración de ello cuando, después de haber conocido el antisemitismo en la Alemania nazi, donde vivía como joven alumna universitaria, se comprometió en el movimiento católico de oposición al nacionalsocialismo, Sword of the Spirit, del que fue secretaria.
Profundamente religiosa, dio la prueba más elevada de espiritualidad durante los últimos años de su vida, cuando –separada de su esposo y enferma de un tumor contra el que luchó durante quince años y le dificultaba alimentarse– decía que era su modo secreto de ofrecer su sufrimiento para aliviar la miseria de los niños que padecían hambre y sed en el mundo.
Tenía tan solo veinticuatro años cuando publicó su primer libro, The International Share-Out («La repartición internacional»), representativo de su visión de las relaciones políticas internacionales y del desarrollo, una visión que influyó mucho en el pensamiento de algunas generaciones.
Fue precisamente ese libro el que atrajo hacia ella la atención del director del «Economist», Crowther, quien, en 1938, le ofreció trabajar en el prestigioso semanario, donde permaneció hasta 1950, año de su matrimonio. Tenía poco más de treinta años cuando, en 1947, Crowther le encomendó una encuesta de carácter socio-económico en Estados Unidos para comprender what was on the US mind. Barbara Ward llevó brillantemente a término el trabajo, como era de esperar, mereciendo el comentario positivo del semanario «Time», que escribió: «El director del “Economist”, confiado, ha mandado a una muchacha a hacer el trabajo de un hombre». Su formación de economista la llevó, además, a emprender una brillante carrera de profesora de economía política en las universidades americanas de Harvard y Columbia de Nueva York.
Barbara Ward estaba atenta al futuro, y de ahí deriva su participación en los problemas ambientales desde la década del setenta, que hizo de ella, presidenta del International Institute for Environment and Development, la primera defensora del desarrollo sostenible. Particularmente significativo fue el hecho de que, cuando la nombraron presidenta de dicho instituto, cambió la denominación de International Institute for Environment Affairs por la de International Institute for Environment and Development, para demostrar que el estudio del ambiente no puede separarse de una reflexión sobre la prosperidad y la justicia internacional.
No solo; su clarividencia llegó a prever, por aquel entonces, la importancia –que ha ido aumentando con los años– de la participación de la sociedad, especialmente respecto a las cuestiones ambientales. En uno de sus libros más célebres, encargado por el secretario de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el ambiente, escrito con el científico René Dubos, se lee: «Puesto que una política del ambiente humano requiere sea un juicio de carácter social, sea un conocimiento científico especializado, los profanos inteligentes e informados a menudo pueden contribuir a su formación tanto como los expertos. Más aún, en ciertos casos pueden ser jueces más sagaces, porque su visión general de la complejidad de los problemas humanos no está deformada por esa especie de provincialismo que acompaña con frecuencia a las especializaciones técnicas».
Los derechos de autor de ese libro, Una sola tierra. Cuidado y mantenimiento de un pequeño planeta –un best seller para su época– se asignaron a un fondo fiduciario para la educación ambiental, que tenía que usarse según las finalidades de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el ambiente humano. Barbara Ward participó, con una posición de relieve, en las más importantes conferencias de la ONU de su tiempo: Estocolmo sobre el ambiente (1972), Bucarest sobre la población (1974), Roma sobre la alimentación, Ciudad de México sobre la mujer (1975), y Vancouver sobre el hábitat (1976).
Considerada una de las expertas internacionales más importantes del siglo XX, el semanario «Time» la definió no hace mucho «una de las mayores y más influyentes visionary del siglo XX». Hace más de cincuenta años, Barbara Ward sostenía que un sistema económico mundial en el que participen todas las naciones necesita instituciones globales, para moderar las dimensiones internacionales de la desigualdad y la explotación, y hacía notar que, habiendo creado las grandes potencias en competición entre ellas un solo sistema económico mundial, no podían negarse las interdependencias.
Muchos elementos de esta visión del desarrollo y de la organización internacional se encuentran en un precioso libro de pequeñas dimensiones, titulado The Angry Seventies, escrito y publicado en 1971 a petición de la Comisión pontificia Iustitia et Pax, organismo del que fue miembro durante casi un decenio.
Barbara Ward fue una de las primeras mujeres en desempeñar un papel de primer plano en la Iglesia, en particular en la creación y el inicio de lo que es hoy el Consejo pontificio Justicia y paz, el dicasterio de la Curia romana querido por los padres conciliares. Durante el concilio Vaticano II Barbara Ward formaba parte de un pequeño grupo de expertos en problemas del mundo («los conspiradores»), provenientes de una formación común de experiencias eclesiales y de compromiso en la lucha contra la pobreza, quienes se esforzaron por incluir, con éxito, el tema del desarrollo humano también en el documento sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo.
James Norris, amigo personal de Pablo VI y de la madre Teresa, que formaba parte de ese grupo, intervino en el aula con un célebre memorándum redactado por Barbara Ward en 1963 y hecho circular después en la tercera sesión, titulado World Poverty and the Christian Conscience, que ponía de relieve la enorme brecha existente entre los países ricos y los países pobres. Para afrontar este problema, según Barbara Ward, era indispensable la colaboración ecuménica, propuesta que Pablo VI acogió cuando dio a la Comisión pontificia Iustitia et Pax su estatuto definitivo. Al día siguiente de la institución de la Comisión, Barbara Ward fue nombrada miembro de la misma por Pablo VI, y lo fue hasta el final de su vida, en 1981. Durante ese período, a petición de la Comisión, escribió un breve volumen titulado Towards a New Creation?, en preparación a la Conferencia de la ONU sobre el ambiente.
El Papa Montini la nombró también consultora laica adjunta del secretario especial del Sínodo de los obispos de 1971, dedicado al tema de la justicia. Su intervención en el aula vieja del Sínodo impresionó mucho a cardenales y obispos, quienes, en semejante ambiente, escuchaban por primera vez a una mujer que, además de hablar de argumentos técnicos, también daba sugerencias pastorales.
Por tanto, se comprende bien por qué Barbara Ward fue distinguida por su compromiso con las mayores condecoraciones inglesas y también nombrada, en 1976, par del Reino. En efecto, cuando murió, «The Times» de Londres la definió «una de las mujeres más notables y admiradas de su generación».
La historia de Barbara Ward la cuenta la primera mujer laica que entró a formar parte de la cúpula de la Curia, nombrada por Benedicto XVI subsecretaria del Consejo pontificio Justicia y paz. Experta en economía y políticas sociales, crecida en Bruselas y licenciada en ciencias políticas, Flaminia Giovanelli –que habla con fluidez cuatro lenguas– comenzó a trabajar en el Vaticano en 1974, haciéndose apreciar enseguida por su habilidad en la gestión y resolución de las cuestiones más espinosas.
Flaminia Giovanelli
1 de junio de 2013
Todo nace con una mujer del actual Irak meridional: Râbi’a, que signfica cuarta. Es la cuarta hija de una familia numerosa, que acaba por ser vendida como esclava. Después es rescatada, y se entrega al amor apasionado a Dios.
Râbi’a es considerada entre las primeras figuras de la mística musulmana que aplican el término de amor apasionado (‘ishq, que en griego traduciríamos por eros) al Amado. No se puede citar a Râbi’a sin citar este preciosísimo relato de su misión:
un día se puso a correr por Bagdad llevando en una mano una antorcha encendida y en la otra un balde lleno de agua. Los habitantes le preguntaron entonces qué estaba haciendo, y ella, que parecía poseída, respondió: «Estoy yendo al cielo para arrojar fuego al Paraíso y derramar agua en el Infierno, de modo que no permanezca ninguno de los dos. Entonces será claro mi propósito: que los fieles miren a Dios sin esperanza y sin miedo. Porque si no hubiera esperanza en el Paraíso o miedo en el Infierno, ¿acaso no lo adorarían a él solo, el Real, y no obedecerían sus órdenes?».
Este texto es fundamental tanto para los musulmanes, sobre todo los sufíes, como para los cristianos: para todos esta mujer se ha convertido en el símbolo del amor puro a Dios. Jean-Pierre Camus, obispo de la diócesis de Mans en el siglo XVII, escribió una obra cuyo título es Caritea o del amor perfecto. ¿Quién es esta Caritea? Pues bien, es precisamente Râbi’a, la mujer sufí de nuestro relato, y toda la obra del obispo tiene como cometido comentar su ejemplo e ilustrar qué es el amor puro (cristiano).
Los primeros siglos del islam son también los primeros siglos de los grandes místicos sufíes, que comienzan a formar una doctrina, escuelas y, en fin de cuentas, órdenes «religiosas». Desde aproximadamente el siglo XII, hablar de sufí quiere decir hablar de verdaderos místicos y, especialmente, de figuras masculinas. En efecto, el sufismo se puede definir como la transmisión interior (pero también esotérica y mística) del mensaje coránico comunicado directamente por Dios al profeta Mahoma y, de este, a los maestros espirituales. La sucesión «apostólica» es, por tanto, una transmisión fundamentalmente masculina, de maestro a discípulo, y todas las filiaciones se originan a partir del profeta. Esto, sin embargo, no significa que durante la historia no haya habido grandes figuras y grupos femeninos.
En la Anatolia medieval existía un grupo de las así llamadas mujeres del país de Rum (Anatolia), o Baciyan-i Rum, herederas femeninas de la tradición que se remontaba a un místico de Asia central, Ahmet Yesevî. Los estudios y las investigaciones actuales muestran cada vez más el elevado número de personalidades femeninas que dejaron una huella indeleble. Por lo que respecta a los así llamados derviches danzantes o mevlevî, en casos raros, pero bien confirmados, las mujeres también fueron maestras espirituales. En cambio, es menos cierta la existencia de grupos femeninos entre los derviches danzantes. Más allá de la cuestión de la legitimidad de la enseñanza femenina y de la posibilidad de reunir en torno a una mujer a un grupo de discípulos de ambos sexos, el dato verdadero es que la mujer alcanza en el sufismo un nivel de refinamiento espiritual más alto que el del hombre.
En el siglo XIX otomano numerosas son las poetisas y las afiliadas a la Orden de los derviches danzantes, como Leyla Haným, Tevhide Haným e Þeref Haným. De esta última me agrada recordar algunos versos que tienen un sabor verdaderamente crístico: «Bienvenido, oh Mesías de la ronda (círculo) / A la resurrección de este corazón colmado de angustia».
Aún hoy, entre los descendientes en línea directa de Rûmî, el fundador de los mevlevî, hay una mujer de grandes cualidades espirituales: Esen Celebi, a la que le gusta recordar que en Alepo estudió con los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Sus relatos están impregnados de profundo sentido religioso y de una apertura a la diversidad, precisamente como su antepasado. Jamás podré olvidar el relato muy detallado de su devoción especial a la Virgen María, figura que también ocupa un lugar importante en el mismo Corán. En Turquía todos tienen mucha consideración por Esin, y su actividad en favor de la difusión de la espiritualidad mevlevî se ha convertido en uno de los objetivos de su vida. Ella misma afirma que en la Orden de los derviches danzantes «vemos que ya desde la época de su fundación se ha dado gran importancia a las mujeres. Por ejemplo, en Konya, Þeref Hatun, la hija de Sultán Veled –hijo de Rûmî y verdadero legislador de la Orden–, tenía numerosos discípulos hombres».
Esin no es la única heredera espiritual del sufismo en la Turquía actual. Cercana a esta espiritualidad hay otra mujer, Nur Artiran. Ante la pregunta qué significa el sufismo, responde sin titubear: «Mi esfuerzo consiste en comentar el Mesnevî de Rûmî, con mi voz que viene del corazón, orientándola hacia mi mundo y hacia mi vida interior». Su último libro, de gran éxito, tiene como título una frase de Rûmî, El amor es semejante a un proceso. En ella se ven con claridad el deseo y la pasión divina, típicos del sufismo. Me confía también que «si para un hombre es difícil ser sabio, no es menor el esfuerzo de una mujer por servir a la humanidad». Lo que más me ha impresionado de esta mujer, discípula de uno de los últimos comentaristas oficiales del Mesnevî di Rûmî, es su experiencia, de la que habla públicamente. De su guía, me ofrece este hermoso testimonio de fe y de vida: «Þefik Can, este es su nombre, fue mi maestro, y através de Rûmî, me ha abierto las puertas de la vida interior religiosa».
La primera vez que me encontré con Cemalnur Sargut fue con ocasión de la celebración anual del nacimiento del profeta del islam. Aquella tarde, Cemalnur acogía a las autoridades religiosas cristianas. No me olvidaré nunca del momento en que me vio, porque me llamó con una expresión muy dulce y profunda: «Hijo mío» (evladim). Ciertamente, en turco una mujer puede llamar siempre a un muchacho con esta expresión –la puede utilizar también una mujer que mendiga en la calle–, pero yo la percibí como un saludo afectuoso.
Cemalnur es una verdadera líder espiritual, atrae a multitudes de jóvenes turcos, interviene en debates internacionales y se hace portavoz de un islam al mismo tiempo tradicional y abierto a la modernidad. Cuando me encuentro con sus discípulas, me sorprende la apertura y la tolerancia que Cemalnur enseña y practica. Las acoge tal como son, sin pretender una conversión radical: no impone el velo (que ella misma no usa sino en los momentos de oración), no impone una transformación radical, sino que conduce a sus seguidores a una reorientación de su vida hacia Dios, hacia el bien divino. También ella está radicada en la tradición sufí. Junto a una actividad estrechamente espiritual, su asociación organiza regularmente congresos sobre el sufismo. Lo que atrae en esta figura de rasgos delicados, pero con una personalidad interior imponente, es su capacidad de acogida. Logra ser una verdadera madre espiritual que acoge a todos. Ante la pregunta qué es el sufismo, Cemalnur responde: «Encontrar la felicidad y la paz en los momentos de angustia y de crisis».
Muchas otras mujeres y en todas las latitudes del mundo musulmán podrían ilustrar ulteriormente este fuego de amor a Dios. Pienso también en Nayla, en el Líbano; en Hela y su madre Nelly, en Túnez; en Sema, en Pakistán, y quizás cuántas otras aún. Es cierto que el sufismo continúa oficialmente la transmisión de maestro a discípulo de sexo masculino, pero la difusión femenina del sufismo ha asumido un estilo particular, único. El sentido de amor a Dios y al hombre es tan humano en el cuerpo de una mujer que, por el hecho mismo de ser, emana un perfume divino.
Alberto Fabio Ambrosio
1 de junio de 2013
Los católicos y los anglicanos deben trabajar hombro con hombro para promover la “sacralidad de la vida humana”, la “familia fundada en el matrimonio” y la “justicia social”; estos fueron los ejes que trazaron para el diálogo esta mañana Papa Francisco y el primado anglicano Justin Welby, durante su primer encuentro.
El neo arzobispo de Canterbury (que comenzó oficialmente su ministerio como “primus inter pares” de los 80 millones de anglicanos del mundo dos días después de que comenzara Francisco, el 21 de marzo pasado) viajó a Roma con el principal objetivo de conocer al Papa Bergoglio y establecer un diálogo con él.
En su discurso, Bergoglio quiso agradecer a la Iglesia anglicana de Inglaterra por haber sabido “entender las razones que llevaron a Benedicto XVI a ofrecer una estructura canónica capaz de responder a las exigencias de los grupos anglicanos que pidieron que se les recibiera, también de forma corporativa, en la Iglesia católica. Estoy seguro de que así será también posible conocer mejor y apreciar en el mundo católico las tradiciones espirituales litúrgicas y pastorales que constituyen el patrimonio anglicano”.
Welby, ex-manager de la industria petrolífera antes de elegir la vida religiosa, en su discurso no escondió las dificultades del diálogo ecuménico entre los anglicanos y los católicos. Pero, al insistir en la necesidad de continuar por el camino de la unidad, también citó a Benedicto XVI: “El viaje es difícil y no podemos no estar consientes de las diferencias que hay en la forma en la que llevamos la fe cristiana para responder a los desafíos de la sociedad moderna”, admitió Welby, antes de citar un pasaje de la encíclica “Spe Salvi”: “Nuestra meta es tan grande que justifica la fatiga del camino”.
“Nosotros los cristianos -respondió por su parte Francisco- llevamos la paz y la gracia como un tesoro para donar al mundo, pero estos dones pueden dar fruto solamente cuando los cristianos viven y trabajan juntos en armonía”.
El Pontífice invitó a los católicos y a los anglicanos a trabajar juntos por la “promoción de los valores cristianos ante una sociedad que parece poner en tela de juicio algunas de las bases de la convivencia, como el respeto por la sacralidad de la vida humana o la solidez del instituto de la familia fundada en el matrimonio”. “Entre nuestras tareas -añadió- está la de dar voz al grito de los pobres para que no sean abandonados a la ley de una economía que parece a veces considerar al ser humano sólo como un consumidor”, un tema sobre el cual Francisco dijo compartir muchas ideas con Welby.
Después del encuentro privado, que duró poco más de media hora, y del intercambio de regalos, los dos líderes oraron juntos en la Capilla Redemptoris Mater, antes de almorzar juntos en la Casa Santa Marta. Welby, que llegó ayer por la tarde a Roma, volverá hoy mismo a Londres.
Antes del encuentro con el primado anglicano, en la misa matutina en la Capilla de Santa Marta, Francisco volvio a hablar sobre un tema que le preocupa mucho: la humildad de los sacerdotes. “Si solo nos orgullecemos de nuestro currículum y nada más, acabaremos equivocándonos. No podemos anunciar a Jesucristo Salvador porque en el fondo no lo sentimos. Debemos ser humildes, pero con una humildad real, con nombre y apellido: Yo soy pecador por esto y por esto y por esto… Como hace Pablo: He perseguido a la Iglesia, como hace él, pecadores concretos. No pecadores con esa humildad que tiene más cara de estampita, ¿no? Ah, no, humildad fuerte”.
ROMA, 13 de junio de 2013 – Sólo faltaba un gurú de la consultora McKinsey para diseñar esa reforma de la curia que todos esperan del Papa Francisco. Y helo aquí, ya ha llegado.
Se llama Thomas von Mitschke-Collande, es alemán y ha sido director de la filial de Múnich, en Baviera, de la consultora de empresas más famosa y misteriosa del mundo.
En lo que respecta a la Iglesia, sabe de qué habla. El año pasado publicó un libro que llevaba el poco tranquilizador título: "¿Quiere la Iglesia eliminarse a sí misma? Hechos y análisis de un consultor empresarial". La diócesis de Berlín le solicitó que pusiera orden en sus balances y la conferencia episcopal de Alemania le ha pedido un plan de ahorro en costos y personal.
La idea de que se pusiera manos a la obra para reformar la curia romana ha sido de Reinhard Marx, arzobispo de Múnich, uno de los ocho cardenales que el Papa Jorge Mario Bergoglio ha llamado para que sean sus consejeros.
Portador de la propuesta al interesado, que la ha acogido con entusiasmo, ha sido el jesuita padre Hans Langerdörfer, el poderoso secretario de la conferencia episcopal alemana.
También Bergoglio es jesuita y por su manera de comportarse ya se ha entendido que su intención es aplicar al papado los métodos de gobierno típicos de la Compañía de Jesús, donde el prepósito general, el llamado "Papa negro", tiene un poder prácticamente absoluto.
Su reticencia en atribuirse el nombre de Papa, y su preferencia en considerarse a sí mismo como obispo de Roma, ha hecho exultar a los paladines de la democratización de la Iglesia quienes, sin embargo, están sufriendo una ofuscación, porque cuando el 13 de abril el Papa Francisco nombró a ocho cardenales "para aconsejarlo en el gobierno de la Iglesia universal y para estudiar un proyecto de revisión de la curia romana", él fue quien los eligió personalmente.
Si hubiera seguido las sugerencias del pre-cónclave, el "consejo de la corona" lo habría tenido formado enseguida, pues hubiera sido suficiente llamar a su lado a los doce cardenales, tres por continente, que son elegidos al final de cada sínodo, incluyendo el último de octubre de 2012. Estos son elegidos por voto secreto y representan a la élite del episcopado mundial. Incluyen casi todos los nombres de peso del último cónclave: los cardenales Timothy Dolan de Nueva York, Odilo Scherer de Sao Paulo de Brasil, Christoph Schönborn de Viena, Peter Erdö de Budapest, Luis Antonio Gokim Tagle de Manila.
En cambio no ha sido así. El Papa Francisco ha querido ser él mismo, y no otros, quien eligiera a sus ocho consejeros los cuales, por tanto, son llamados a responder sólo ante él, y no también ante una asamblea electiva.
Ha querido uno por cada área geográfica: Reinhard Marx para Europa, Sean Patrick O’Malley para América del Norte, Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga para Centroamérica, Francisco Javier Errázuriz Ossa para Sudamérica, Laurent Monsengwo Pasinya para África, Oswald Gracias para Asia, George Pell para Oceanía, más uno de Roma, no de la curia propiamente dicha, sino del Estado de la Ciudad del Vaticano, su gobernador, el cardenal Giuseppe Bertello.
Prácticamente todos los elegidos ocupan, o han ocupado, cargos directivos en organismos eclesiásticos continentales.
Esto es precisamente lo que sucede en la Compañía de Jesús. Bergoglio ha sido superior provincial y ha asimilado el estilo. En el vértice de la Compañía los asistentes que rodean al general, y que son nombrados por éste, representan a las respectivas zonas geográficas. Las decisiones no se toman colegiadamente; decide sólo el general, con poderes directos e inmediatos. Los asistentes no deben ponerse de acuerdo entre ellos y con el general, sino que le aconsejan uno por uno, con la máxima libertad.
Un efecto de este sistema sobre la reforma de la curia romana anunciada por el Papa Francisco es que no se ha creado ninguna comisión de expertos con la tarea de elaborar un proyecto unitario y acabado.
Los ochos cardenales están pidiendo, por separado, la aportación de personas de su confianza, con los perfiles más diferentes. Además del hombre de la consultora McKinsey reclutado por el cardenal Marx, han sido interpelados al menos una docena de distintos países.
Otros se han ofrecido por propia iniciativa, como es el caso del cardenal Francesco Coccopalmerio, presidente del pontificio consejo para los textos legislativos, que ha ideado un proyecto de reforma que tendría en su centro a un "moderator curiae" que se ocuparía del funcionamiento del aparato.
A principios de octubre los ochos se reunirán con el Papa y le entregarán un paquete de propuestas. Pero quién decidirá será él. Solo.