Un peatón caminaba otra vez por aquella calle de Barcelona. Como siempre una larga y compacta hilera de coches estacionados en batería contemplaban impávidos su paso por la banqueta. Pero esa vez un viejo automóvil llamó su atención. Descolorido, sucio y con muchas cicatrices, llevaba en el parabrisas -que alguna vez fue transparente- una calcomanía fresca, redonda, de color amarillo chillante, y con un breve texto negro escrito en buen catalán. Comenzaba más o menos así:
“Este vehículo padece síntomas de abandono…”
Y la doctora calcomanía continuaba explicando las consecuencias que acarrearía una agudización seria de los síntomas diagnosticados a la pobre creatura. O sea, que si en cuestión de unos cuantos días el propietario no venía y lo movía, aquel automóvil se lo llevarían al depósito de coches huérfanos. La cartulina terminaba citando con lujo de detalles el número, el folio, la barra, la fecha y el código secreto de la disposición municipal que autorizaba tamaña operación…
Modernas y civilizadas ciudades éstas en las que no pasa desapercibido a las autoridades competentes ningún infeliz vehículo que sufre en lámina propia el terrible abandono de su insensible e inhumano dueño…[...continuar leyendo...]
Deberíamos poder despojarnos del peso de las palabras como nos despojamos de los kilos de más antes del verano: con apenas un poco de dieta. Pero no, el peso de las palabras es una carga mucho más difícil de desmontar; con razón decía un filósofo que el lenguaje no se define por lo que nos permite decir, sino por lo que nos obliga a decir.
Las palabras "pecado", "pureza", "impureza", y todas las relacionadas con estos centrales conceptos de cualquier religión quedaron desde hace mucho atrapadas en la esfera de las doctrinas morales, y ahora es muy difícil poder utilizarlas en un sentido más originario, poder "deslegalizarlas", es difícil quitarse la idea de que pecado es "no cumplir" con un mandato, o de que la "pureza" o la "impureza" no vienen automáticamente por cumplir o dejar de hacerlo una montaña de preceptos que ni entendemos ni tocan nuestro corazón.[...continuar leyendo...]
El Papa comentó el evangelio del domingo que narra la curación de la suegra de San Pedro y de algunos enfermos de Cafarnaum por parte de Jesús. "Los cuatro evangelistas -dijo- concuerdan en atestiguar que la liberación de enfermedades de todo tipo constituyó, junto con la predicación, la actividad principal de Jesús en su vida pública (...) Jesucristo vino a destruir el Mal desde la raíz, y las curaciones son un preludio de la victoria que obtendrá con su muerte y resurrección".
"Jesús afirmó en una ocasión: 'No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos'. En esa circunstancia se refería a los pecadores que vino a llamar y a salvar. No obstante -puntualizó el pontífice- es cierto, que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la que nos damos cuenta de que no somos autosuficientes, sino de que necesitamos a los demás. En ese sentido, podríamos decir, paradójicamente, que la enfermedad puede ser una circunstancia saludable durante la cual sentimos la atención de los demás y les prestamos la nuestra. Sin embargo, es siempre una prueba, que puede ser larga y difícil. Cuando la curación no llega y los sufrimientos se prolongan, podemos sentirnos aplastados y aislados; entonces nuestra existencia se deprime y deshumaniza. ¿Cómo tenemos que reaccionar a este ataque del Mal? Ciertamente con las curas apropiadas -la medicina ha dado en estos años pasos de gigante y hay que agradecerlo-, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud de fondo con la que hacer frente a la enfermedad: la fe en Dios y en su bondad".
"Incluso ante la muerte la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. Esta es la verdadera respuesta que aniquila al Mal. (...) Todos conocemos personas que han soportado terribles sufrimientos porque Dios les daba una serenidad profunda. Pienso en el ejemplo reciente de la beata Chiara Badano, muerta en su juventud a causa de una enfermedad terrible: a todos los que iban a visitarla les transmitía luz y confianza. No obstante, en la enfermedad, todos necesitamos calor humano; para confortar a una persona enferma, más que las palabras, lo que cuenta es la cercanía serena y sincera".[...continuar leyendo...]